Materializo un momento en una imagen. A veces en un número impar de sonidos, que, al disonar, oscurecen el comienzo de mi viaje.
Y los sonidos son impares, porque ya no creo en lo que fue par. Ni en el dos, ni en el diez, ni en el cien.
Y aquel tres que tristemente se perdía en el olvido (probablemente por sus arañescas estrías), se vuelve más vivo, renace firme en el trece, el veintitrés, en los treinta y monedas (siempre impares las monedas, disonantes).
Y a veces gano; por dos o por cuatro. Entonces no importa, no me hace victorioso la consonancia: ¿cuántas ganas de festejar puede haber en un perfecto cuatro, en la quietud de un seis (que esconde su celulítica esencia tras sus firmes curvas)?
Maldita tempestad la de los sietes. Adrenalina apocalíptica de los treces. Los quinces que marean.
Disonancias hirviendo y burbujeando en mi sien.
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